
Recién desconecté las luces navideñas de mi sala de trabajo y espero que por la mañana, cuando lleguen las demás compañeras de trabajo, no las vuelvan a encender.
Llevo más de un mes de soportar su vomitivo tintineo durante las seis infinitas horas que dura mi turno, deseando con todo el corazón que se vaya la luz.
Desde hace dos horas que no estoy obligada a contestar
"Gracias por llamar a Servicios Internacionales, que tenga Feliz Navidad" y eso me alegra muchísimo.
Lo logré. Sobreviví la navidad.
Fue mera cuestión de suerte, hay tanto trabajo que no me da tiempo de pensar mucho.
Y a pesar de que sigo
viva, acabo de darme cuenta que hoy - más que cualquier otro día desde que adornaron la sala - tengo ganas de
atropellar con mi silla el
maldito árbol plástico lleno de lazos dorados, bombas y luces,
descabezar a los
estúpidos venados de paja que me vigilan desde el suelo, acumular las coronas, cintas y candelas que inundan la sala en el parqueo del edificio para hacer una hermosa
fogata que combata este
frío de la gran puta (...aunque aún no se si hace frío o yo ando el frío por dentro...), destrozar el
horrible pasito,
ahogar al niño jesús junto con las demás figuritas en la fuente que les pusieron a la par, usar las piedras del portal para
aventarlas desde el balcón y
hacer trizas las ventanas de las casas vecinas donde hayan lucecitas tintineando.
Pero...
Voy a reprimir mis deseos sólo para evitar que mi jefe me odie aún más, es un tipo creyente y amante de la navidad - hasta vino a la oficina hoy con gorrito de Santa, tengo que admitir que al menos eso me hizo carcajearme por horas, aunque en defensa de mi puesto de trabajo, tuve que hacerlo a escondidas -.
Sin embargo,
¡esto no se va a quedar así!Las cajas que están en la bodega tienen que servir para algo y me quedan cuatro horas del turno para guardar entre periódicos y cartón - hasta el año entrante, al menos - a mis demonios de época.
Discúlpenme la falta de espíritu navideño,
este post es una descarga de ira decembrina.